Muy cerca de la ciudad de Ourense, entre unas rocas próximas
al pozo Meimón, en el río Miño, se encuentra una fuente en la que dicen, habita
una “moura” (que no “mora”) por cuyo nombre y su leyenda, es conocida la
susodicha fuente. Los “mouros” son seres mitológicos que protagonizan multitud
de leyendas populares y que ya explicaré sus características más adelante, en
otra entrada. Dicho esto, demos paso a esta leyenda que comienza así…
Esta historia sucedió hace bastantes años, eran tiempos
bastante remotos y regresaba a su casa uno de los muchos gallegos labriegos que
iban a segar a tierras de Castilla, cuando en el camino de vuelta, se encontró
con un señor, muy bien vestido, que le preguntó de dónde era. El segador, le
respondió que de Ourense, a lo que el hombre arreglado le contestó:
- Y
dígame, buen hombre, ¿usted sabe algo o conoce dónde se encuentra el Meimón?
- Sí
señor. Cada vez que vuelvo a Ourense a pagar la renta o llevar alguna cosa para
vender, paso por allí.
Entonces el señor le entregó al campesino un queso que tenía
cuatro cornechos, y le dijo:
- ¿Tú
quieres ser rico?
- ¡Yo, por
supuesto! ¡Sí, señor! Más, ¿qué he de hacer para conseguirlo?
- Pues
mira – le dijo el desconocido –. Lo único que tienes que hacer, es ir al
Meimón, y cuando llegues junto a una pequeña fuente que hay entre unas rocas,
al lado del camino, gritas: “¡Ana Manana! ¡Ana Manana!”; y a la tercera vez que
lo hagas, se te aparecerá una señora muy hermosa. Tú le das entonces este
queso, y ella te entregará después un rico tesoro que tiene allí escondido.
El labriego, se rascó la cabeza mientras se lo pensaba.
Hasta que al fin, mirando al señor, le preguntó a su vez:
- ¿Y no
tengo que hacer ninguna cosa más?
- Ninguna.
Pero tienes que guardar el secreto también. No debes decirle a nadie el encargo
que llevas, ni siquiera a tu mujer. Y debes tener mucho cuidado con el queso,
porque has de entregarlo entero, ya que si no, puede traerte desgracia.
- Si eso
es todo, no es muy difícil de hacer.
- Pues
toma el queso y acuérdate bien de lo que te he dicho.
El desconocido le entregó el queso y aún no había terminado
de cogerlo del todo el gallego, el señor que se lo dio desapareció sin saber
cómo.
El aldeano, siguió su camino hacia su casa después de poner
el queso en su pañuelo, que ató por las cuatro puntas. Iba pensando con alegría
en la posibilidad de enriquecerse con lo que aquella dama pudiera darle de su
tesoro del Meimón, pero también estaba preocupado porque el queso no sufriera
daño alguno o por si en el camino hallaba a alguien que le preguntase qué era
aquella cosa que llevaba tan envuelta y no supiera qué decirle.
Antes de ir hacia el Meimón, fue hacia su casa para saludar
a su mujer por su regreso de Castilla y también dejar el dinero que ganó allí
trabajando, ya que no quería andar con él en los bolsillos de ahí en adelante. Pero su mujer que era cotilla en exceso, en cuanto vio el
envoltorio que llevaba su marido, le preguntó qué era lo que traía en él.
- Es un
recado, una cosa que tengo que entregar. ¡Ni por el mismísimo demonio se te
ocurra tocarlo! – Y subió arriba de la casa a guardar el dinero.
En ese momento, la gulusmera de su mujer que estaba ardiendo
por dentro de saber qué contenía aquél paquete, aprovechó la ausencia de su
marido para abrir el pañuelo, y al hacerlo, se desilusionó un poco al ver que
era sólo un simple queso, pero como estaba embarazada, le dio un antojo, agarró
un cuchillo y cortó un pedacito, uno de aquellos cornechos que tenía y pensando
así que nadie lo notaría, rápidamente volvió a cerrar el pañuelo.
El hombre regresó abajo, cogió su envoltorio y sin pensar
siquiera en lo que pudiera haber hecho su mujer, salió en dirección al Meimón
mientras pensaba en terminar el encargo y recibir el preciado premio del
tesoro.
Pasó un tiempo y llegó finalmente a la pequeña fuente, llamó
tres veces: “¡Ana Manana, Ana Manana, Ana Manana!” y sintió un escalofrío,
cuando vio aparecer ante sí a una señora hermosísima, cubierta por unas
preciosas vestiduras blancas, que la hacían parecer una santa en un altar o una
reina con cara de ángel.
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| Fotografía: Cristina Otero |
- ¿Por qué
me llamas? – le preguntó de mal humor, como si no le agradara que la hicieran
salir de su morada oculta.
- Es para
darle este encargo que un señor, que no sé quién es, me entregó para usted –
dijo el hombre; y le puso en las manos el pañuelo con el queso.
Ella abrió el pañuelo y al ver el queso con el cornecho
cortado, le dijo encolerizada:
- ¿Qué me
traes aquí? ¡La has hecho buena! ¿No te han dicho que no le tocaras al queso?
Éste era el caballo que tenía que sacarme de este encierro, pero tú no has
cumplido el encargo como te mandaron, no; primero fuiste a casa y tu mujer le
comió una pata. ¿Qué hago yo ahora?
Y efectivamente, puso el queso en el suelo y se convirtió en
un magnífico caballo blanco, al que le faltaba una pata.
- ¡Mira,
mira! – le dijo irritada –. Ahora tengo que quedarme para siempre entre estas
rocas, y tú has perdido el tesoro que tenía que darte. Sin embargo, por las
molestias del servicio que me has prestado, toma esta faja y pónsela a tu mujer
cuando esté para parir; no puedo darte otra cosa.
Y desapareció ella y el caballo cojo sin que el pobre hombre
descubriese por dónde lo habían hecho.
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| Omitamos el cuerno y las alas y se parecerá bastante a la historia. |
El campesino, empezó a encabronarse desesperadamente,
pensando en el daño que su mujer había causado, tanto a la señora de la fuente
como a ellos mismos, por lo que sus pensamientos consistían en darle una buena
tunda a la que llegara a su casa. Pero como estaba en los últimos meses del
embarazo, trató de calmarse, pues no era buen plan, empeorar más aún la cosa causando
un mal más grave, así que refunfuñando, marchó hacia su casa. A mitad de
camino, se acordó de la faja y se le ocurrió envolverla en un alcornoque
próximo, para ver cómo era y cuantas vueltas daba. ¡Pobre de él si se la
hubiera puesto a su mujer! Puesto que, cuando le dio la última vuelta, el árbol
y la faja ardieron en una rápida y violenta llamarada.
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| la verdadera víctima de toda esta historia |
Y desde entonces, aquella fuente del Meimón, se la conoce
por el nombre de: “La fuente de Ana Manana”.
Prometo intentar dibujar las próximas leyendas si no encuentro imágenes acordes por internet. Esta leyenda se ha obtenido y adaptado del libro de Leando
Carré Alvarellos “Las Leyendas tradicionales gallegas” (Ed. Espasa-Calpe).



Haberlas haylas, carayo!!!!!....la Hispania oculta, bravo!!
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