10 nov 2014

La calavera convidada

La leyenda de hoy, nos sirve para introducirnos en el mundo de los muertos, y es que, en Galicia, esa línea que divide ambos mundos, tanto el de vivos como el de muertos, a veces es prácticamente inexistente

Había una vez, un muchacho que era muy gracioso y bastante burlón. Iba a casarse y todo el mundo estaba al corriente de ello. Convidó, o lo que es lo mismo, invitó a sus amigos a su fiesta de despedida de soltero, y en ella corrió el vino a lo grande, además de disfrutar de buen humor con chistes y bromas a todo el mundo.

Una vez finalizada la fiesta y muy entrada la noche, el joven se dirigió hacia su casa, muy alegre y cantarín por causa de la cercanía de su boda y por todo el vino que se había llevado al cuerpo. Para acortar el camino, atravesó el atrio de la iglesia, un lugar que, como todo el mundo sabe, se realizan los entierros en las aldeas. Andaba por ahí, cuando en uno de los traspiés que dio debido a su estado de embriaguez, tropezó con algo.

- ¡Caracoles! – exclamó –. A poco más me destrozo el pie.

Pero mientras refunfuñaba, como había luna clara, descubrió que su tropiezo lo había causado el duro hueso de una calavera, que parecía mirarle con las oscuras cuencas de sus ojos vacíos y reírse de él con sus mandíbulas entreabiertas.


Sin pensar lo que hacía, el joven dio una patada tremenda a la calavera, lanzándola lejos mientras se reía y le decía:

- Eso es para que no te rías de mí.

Luego, adoptando otro tono, añadió:

- Disculpa si te hice daño, pero veo que no, que aún te relucen los dientes. Y buena dentadura que tienes, de verdad; podías ir a comer con nosotros el día de mi casamiento.

Y sucedió que, cuando estaban empezando a comer, después del casamiento, llamaron a la puerta.

¿Quién llamará? – dijo la novia.

- ¡Entre quien sea! – gritó el padre de la novia –. La puerta está abierta.

Fue entonces, cuando con la sorpresa y el miedo en el cuerpo, se estremecieron todos los presentes, ya que, sin abrir la puerta, vieron atónitos cómo pasaba a través de ella un esqueleto, que al andar tintinaba con el chocar de sus huesos. La calavera, abriendo la boca con una carcajada, dijo señalando al novio:

- Bien ves que he venido a tu convite.

El joven se puso blanco y sudoroso; pero, aun estando un poco tembloroso, le respondió:

- Pues siéntate y come.

El esqueleto se sentó y habló:

- Vine porque soy cumplido; pero en el otro mundo no podemos comer. Sin embargo, para corresponder a tu convite, espero que mañana a media noche vayas a verte conmigo en el cementerio donde ayer nos hemos encontrado, pues quiero que asistas a una fiesta mía. ¡Y no dejes de asistir!

El hombre pasó la noche entre cavilaciones y sobresaltos. Nadie presagiaba cosa buena de todo aquello, ni imaginaban cómo podría terminar el asunto. Sea como fuere, no dejaba de pensar en lo mismo: a los muertos no se les puede faltar al respeto.

Se disponía el joven a salir de casa muy temprano, cuando llamaron a la puerta. Le dio un vuelco el corazón, puesto que pensaba en ir en busca del cura para contarle el caso, pero ¿quién podría venir a llamar a aquella hora? De igual modo, abrió la puerta.

- ¿No habrá una limosnita para este pobre viejo? – pedía con voz apagada un viejecito de barba blanca.

- ¡María! Dale una taza de leche a este pobre viejo, si la tienes caliente, y más mi capa vieja, que está la mañana de helada.

- ¡Que Dios se lo pague!

Y, mientras comía un buen trozo de pan con la leche, el anciano observó que el joven parecía intranquilo y desasosegado, por lo que le preguntó:

- ¿Es que tiene alguna preocupación, mi señor?

- Tengo, y buena que es.

- Pues, a veces, un buen consejo puede valer de algo; y los viejos por lo mucho que hemos andado por el mundo, sabemos un poquito de todo.

El hombre entonces, le contó lo que le había sucedido con la calavera y cómo aquella noche tenía que ir al cementerio.

- Pues vaya – le dijo el viejo –. No puede dejar de ir allí, sino le vendría desgracia; pero hará una cosa: lleve una ramita de olivo y un palo de encina. Al llegar al atrio, trace un círculo a su alrededor con el palo, póngase en el centro con la ramita de olivo en la mano y diga: “Vengo junto a ti, quienquiera que seas, para preguntarte si puedo hacer alguna cosa por tu alma, y te prometo hacerlo. Pero te pido también que me perdones, si algún daño te hice, y que me dejes ir en paz.” Ya verás cómo no te pasa daño alguno y puedes volver a tu casa tranquilamente.

- Así lo haré – dijo el joven – y que Dios se lo pague.

Llegada la noche, marchó al camposanto e hizo lo que el anciano le había dicho. Más cuando terminó de hacerlo, se le presentó el esqueleto y le dijo:

- Te salvó lo que has hecho, y te salvó más, porque aquel viejo a quien has dado limosna hoy por la mañana es mi padre, que el pobrecito tiene que andar pidiendo… Vete, pues; pero acuérdate siempre de todo cuanto te sucedió.


Así termina esta historia recogida y adaptada de la obra de Leandro Carré Alvarellos “Las leyendas tradicionales gallegas” (Ed. Espasa-Calpe). No sabemos la repercusión que tuvo esta experiencia desde aquél entonces en la vida del joven, pero la moraleja que podemos sacar de esta historia está clara: dejemos a los muertos tranquilos y no les toquemos los… Huesos.


7 nov 2014

La fuente de Ana Manana

Muy cerca de la ciudad de Ourense, entre unas rocas próximas al pozo Meimón, en el río Miño, se encuentra una fuente en la que dicen, habita una “moura” (que no “mora”) por cuyo nombre y su leyenda, es conocida la susodicha fuente. Los “mouros” son seres mitológicos que protagonizan multitud de leyendas populares y que ya explicaré sus características más adelante, en otra entrada. Dicho esto, demos paso a esta leyenda que comienza así…

Esta historia sucedió hace bastantes años, eran tiempos bastante remotos y regresaba a su casa uno de los muchos gallegos labriegos que iban a segar a tierras de Castilla, cuando en el camino de vuelta, se encontró con un señor, muy bien vestido, que le preguntó de dónde era. El segador, le respondió que de Ourense, a lo que el hombre arreglado le contestó:

- Y dígame, buen hombre, ¿usted sabe algo o conoce dónde se encuentra el Meimón?

- Sí señor. Cada vez que vuelvo a Ourense a pagar la renta o llevar alguna cosa para vender, paso por allí.

Entonces el señor le entregó al campesino un queso que tenía cuatro cornechos, y le dijo:

- ¿Tú quieres ser rico?

- ¡Yo, por supuesto! ¡Sí, señor! Más, ¿qué he de hacer para conseguirlo?

- Pues mira – le dijo el desconocido –. Lo único que tienes que hacer, es ir al Meimón, y cuando llegues junto a una pequeña fuente que hay entre unas rocas, al lado del camino, gritas: “¡Ana Manana! ¡Ana Manana!”; y a la tercera vez que lo hagas, se te aparecerá una señora muy hermosa. Tú le das entonces este queso, y ella te entregará después un rico tesoro que tiene allí escondido.

El labriego, se rascó la cabeza mientras se lo pensaba. Hasta que al fin, mirando al señor, le preguntó a su vez:

- ¿Y no tengo que hacer ninguna cosa más?

- Ninguna. Pero tienes que guardar el secreto también. No debes decirle a nadie el encargo que llevas, ni siquiera a tu mujer. Y debes tener mucho cuidado con el queso, porque has de entregarlo entero, ya que si no, puede traerte desgracia.

- Si eso es todo, no es muy difícil de hacer.

- Pues toma el queso y acuérdate bien de lo que te he dicho.

El desconocido le entregó el queso y aún no había terminado de cogerlo del todo el gallego, el señor que se lo dio desapareció sin saber cómo.

El aldeano, siguió su camino hacia su casa después de poner el queso en su pañuelo, que ató por las cuatro puntas. Iba pensando con alegría en la posibilidad de enriquecerse con lo que aquella dama pudiera darle de su tesoro del Meimón, pero también estaba preocupado porque el queso no sufriera daño alguno o por si en el camino hallaba a alguien que le preguntase qué era aquella cosa que llevaba tan envuelta y no supiera qué decirle.

Antes de ir hacia el Meimón, fue hacia su casa para saludar a su mujer por su regreso de Castilla y también dejar el dinero que ganó allí trabajando, ya que no quería andar con él en los bolsillos de ahí en adelante. Pero su mujer que era cotilla en exceso, en cuanto vio el envoltorio que llevaba su marido, le preguntó qué era lo que traía en él.

- Es un recado, una cosa que tengo que entregar. ¡Ni por el mismísimo demonio se te ocurra tocarlo! – Y subió arriba de la casa a guardar el dinero.

En ese momento, la gulusmera de su mujer que estaba ardiendo por dentro de saber qué contenía aquél paquete, aprovechó la ausencia de su marido para abrir el pañuelo, y al hacerlo, se desilusionó un poco al ver que era sólo un simple queso, pero como estaba embarazada, le dio un antojo, agarró un cuchillo y cortó un pedacito, uno de aquellos cornechos que tenía y pensando así que nadie lo notaría, rápidamente volvió a cerrar el pañuelo.

El hombre regresó abajo, cogió su envoltorio y sin pensar siquiera en lo que pudiera haber hecho su mujer, salió en dirección al Meimón mientras pensaba en terminar el encargo y recibir el preciado premio del tesoro.

Pasó un tiempo y llegó finalmente a la pequeña fuente, llamó tres veces: “¡Ana Manana, Ana Manana, Ana Manana!” y sintió un escalofrío, cuando vio aparecer ante sí a una señora hermosísima, cubierta por unas preciosas vestiduras blancas, que la hacían parecer una santa en un altar o una reina con cara de ángel.

Fotografía: Cristina Otero

- ¿Por qué me llamas? – le preguntó de mal humor, como si no le agradara que la hicieran salir de su morada oculta.

- Es para darle este encargo que un señor, que no sé quién es, me entregó para usted – dijo el hombre; y le puso en las manos el pañuelo con el queso.

Ella abrió el pañuelo y al ver el queso con el cornecho cortado, le dijo encolerizada:

- ¿Qué me traes aquí? ¡La has hecho buena! ¿No te han dicho que no le tocaras al queso? Éste era el caballo que tenía que sacarme de este encierro, pero tú no has cumplido el encargo como te mandaron, no; primero fuiste a casa y tu mujer le comió una pata. ¿Qué hago yo ahora?

Y efectivamente, puso el queso en el suelo y se convirtió en un magnífico caballo blanco, al que le faltaba una pata.

- ¡Mira, mira! – le dijo irritada –. Ahora tengo que quedarme para siempre entre estas rocas, y tú has perdido el tesoro que tenía que darte. Sin embargo, por las molestias del servicio que me has prestado, toma esta faja y pónsela a tu mujer cuando esté para parir; no puedo darte otra cosa.

Y desapareció ella y el caballo cojo sin que el pobre hombre descubriese por dónde lo habían hecho.

Omitamos el cuerno y las alas y se parecerá bastante a la historia.

El campesino, empezó a encabronarse desesperadamente, pensando en el daño que su mujer había causado, tanto a la señora de la fuente como a ellos mismos, por lo que sus pensamientos consistían en darle una buena tunda a la que llegara a su casa. Pero como estaba en los últimos meses del embarazo, trató de calmarse, pues no era buen plan, empeorar más aún la cosa causando un mal más grave, así que refunfuñando, marchó hacia su casa. A mitad de camino, se acordó de la faja y se le ocurrió envolverla en un alcornoque próximo, para ver cómo era y cuantas vueltas daba. ¡Pobre de él si se la hubiera puesto a su mujer! Puesto que, cuando le dio la última vuelta, el árbol y la faja ardieron en una rápida y violenta llamarada.

la verdadera víctima de toda esta historia

Y desde entonces, aquella fuente del Meimón, se la conoce por el nombre de: “La fuente de Ana Manana”.


Prometo intentar dibujar las próximas leyendas si no encuentro imágenes acordes por internet. Esta leyenda se ha obtenido y adaptado del libro de Leando Carré Alvarellos “Las Leyendas tradicionales gallegas” (Ed. Espasa-Calpe).