La leyenda de hoy, nos sirve para introducirnos en el mundo
de los muertos, y es que, en Galicia, esa línea que divide ambos mundos, tanto
el de vivos como el de muertos, a veces es prácticamente inexistente…
Había una vez, un muchacho que era muy gracioso y bastante
burlón. Iba a casarse y todo el mundo estaba al corriente de ello. Convidó, o
lo que es lo mismo, invitó a sus amigos a su fiesta de despedida de soltero, y
en ella corrió el vino a lo grande, además de disfrutar de buen humor con
chistes y bromas a todo el mundo.
Una vez finalizada la fiesta y muy entrada la noche, el
joven se dirigió hacia su casa, muy alegre y cantarín por causa de la cercanía
de su boda y por todo el vino que se había llevado al cuerpo. Para acortar el
camino, atravesó el atrio de la iglesia, un lugar que, como todo el mundo sabe,
se realizan los entierros en las aldeas. Andaba por ahí, cuando en uno de los
traspiés que dio debido a su estado de embriaguez, tropezó con algo.
- ¡Caracoles! – exclamó –. A poco más me destrozo
el pie.
Pero mientras refunfuñaba, como había luna clara, descubrió
que su tropiezo lo había causado el duro hueso de una calavera, que parecía
mirarle con las oscuras cuencas de sus ojos vacíos y reírse de él con sus
mandíbulas entreabiertas.
Sin pensar lo que hacía, el joven dio una patada tremenda a
la calavera, lanzándola lejos mientras se reía y le decía:
- Eso es para que no te rías de mí.
Luego, adoptando otro tono, añadió:
- Disculpa si te hice daño, pero veo que no, que
aún te relucen los dientes. Y buena dentadura que tienes, de verdad; podías ir
a comer con nosotros el día de mi casamiento.
Y sucedió que, cuando estaban empezando a comer, después del
casamiento, llamaron a la puerta.
- ¿Quién llamará? – dijo la novia.
- ¡Entre quien sea! – gritó el padre de la novia
–. La puerta está abierta.
Fue entonces, cuando con la sorpresa y el miedo en el
cuerpo, se estremecieron todos los presentes, ya que, sin abrir la puerta,
vieron atónitos cómo pasaba a través de ella un esqueleto, que al andar
tintinaba con el chocar de sus huesos. La calavera, abriendo la boca con una
carcajada, dijo señalando al novio:
- Bien ves que he venido a tu convite.
El joven se puso blanco y sudoroso; pero, aun estando un
poco tembloroso, le respondió:
- Pues siéntate y come.
El esqueleto se sentó y habló:
- Vine porque soy cumplido; pero en el otro mundo
no podemos comer. Sin embargo, para corresponder a tu convite, espero que
mañana a media noche vayas a verte conmigo en el cementerio donde ayer nos
hemos encontrado, pues quiero que asistas a una fiesta mía. ¡Y no dejes de
asistir!
El hombre pasó la noche entre cavilaciones y sobresaltos.
Nadie presagiaba cosa buena de todo aquello, ni imaginaban cómo podría terminar
el asunto. Sea como fuere, no dejaba de pensar en lo mismo: a los muertos no se
les puede faltar al respeto.
Se disponía el joven a salir de casa muy temprano, cuando
llamaron a la puerta. Le dio un vuelco el corazón, puesto que pensaba en ir en
busca del cura para contarle el caso, pero ¿quién podría venir a llamar a
aquella hora? De igual modo, abrió la puerta.
- ¿No habrá una limosnita para este pobre viejo? –
pedía con voz apagada un viejecito de barba blanca.
- ¡María! Dale una taza de leche a este pobre
viejo, si la tienes caliente, y más mi capa vieja, que está la mañana de
helada.
- ¡Que Dios se lo pague!
Y, mientras comía un buen trozo de pan con la leche, el
anciano observó que el joven parecía intranquilo y desasosegado, por lo que le
preguntó:
- ¿Es que tiene alguna preocupación, mi señor?
- Tengo, y buena que es.
- Pues, a veces, un buen consejo puede valer de
algo; y los viejos por lo mucho que hemos andado por el mundo, sabemos un
poquito de todo.
El hombre entonces, le contó lo que le había sucedido con la
calavera y cómo aquella noche tenía que ir al cementerio.
- Pues vaya – le dijo el viejo –. No puede dejar
de ir allí, sino le vendría desgracia; pero hará una cosa: lleve una ramita de
olivo y un palo de encina. Al llegar al atrio, trace un círculo a su alrededor
con el palo, póngase en el centro con la ramita de olivo en la mano y diga: “Vengo
junto a ti, quienquiera que seas, para preguntarte si puedo hacer alguna cosa
por tu alma, y te prometo hacerlo. Pero te pido también que me perdones, si
algún daño te hice, y que me dejes ir en paz.” Ya verás cómo no te pasa daño
alguno y puedes volver a tu casa tranquilamente.
- Así lo haré – dijo el joven – y que Dios se lo
pague.
Llegada la noche, marchó al camposanto e hizo lo que el
anciano le había dicho. Más cuando terminó de hacerlo, se le presentó el
esqueleto y le dijo:
- Te salvó lo que has hecho, y te salvó más,
porque aquel viejo a quien has dado limosna hoy por la mañana es mi padre, que
el pobrecito tiene que andar pidiendo… Vete, pues; pero acuérdate siempre de
todo cuanto te sucedió.
Así termina esta historia recogida y adaptada de la obra de
Leandro Carré Alvarellos “Las leyendas tradicionales gallegas” (Ed. Espasa-Calpe).
No sabemos la repercusión que tuvo esta experiencia desde aquél entonces en la vida del joven, pero la
moraleja que podemos sacar de esta historia está clara: dejemos a los muertos
tranquilos y no les toquemos los… Huesos.




