29 oct 2014

Un nuevo comienzo

Hola a todos y bienvenidos de nuevo a este blog.

Como podéis observar, es totalmente distinto al anterior modificándolo más a la temática sobre la que me centraré en mi trabajo de final de grado puesto que va a ir incluido dentro de él.  Para los que llegáis nuevos y os preguntéis qué os vais a encontrar en este blog, deciros que engloba las historias, leyendas, ritos, cultos y tradiciones de Galicia puesto que mi trabajo trata sobre las posibilidades turísticas que ofrecen los enigmas y misterios de ésta comunidad española concretamente.

Debido a motivos personales graves y diversos contratiempos a lo largo de estos meses de ausencia, he tenido que aplazar la entrega de éste trabajo y con ello la actualización del blog, lamento la tardanza pero sinceramente con tanto inconveniente, me sentía bloqueado y no era capaz de seguir con ello.

Descripción gráfica de mi bloqueo mental

Por lo tanto ahora que todo ha pasado, vuelvo a éste mundo mágico que existe desde tiempos remotos delante de nuestras narices, solamente disponible a aquellos que dejen volar su imaginación apartándola de la razón por unos momentos. Y para ello, hoy empezaré hablando sobre una de las leyendas más famosas de Galicia, que dice así…

Hace muchos años, cuando ni los tatarabuelos de nuestros bisabuelos habían nacido, vivía en el castillo de Doiras, en tierras de Cervantes (Lugo), un señor mayor de nombre Froyás que tenía dos hijos: el mayor se llamaba Egas y su hermana menor Aldara. Ambos se querían mucho y solían dar juntos paseos a caballo.

La hermosa doncella Aldara, tenía un enamorado admirador, el joven Aras, hijo del señor de otro castillo cercano. El padre de éste y el de Aldara se llevaban bien así que era de esperar que próximamente consintiesen el matrimonio de ambos pero una tarde, a la hora de comer, Aldara no apareció por ningún lado. Tanto su padre como su hermano preguntaron por ella pero nadie sabía dónde se hallaba la doncella. Registraron todo el castillo hasta el último rincón y Aldara siguió sin aparecer hasta que un ballestero que había estado de guardia en la puerta del castillo, dijo que la vio salir a media tarde dirigiéndose hacia el pequeño riachuelo que corría al comienzo del monte en el que estaba ubicado el castillo.

Temiendo lo peor, padre e hijo fueron hacia allí inmediatamente arrastrando tras de sí a escuderos y criados para recorrer la ribera, sin embargo, a pesar de la minuciosa búsqueda nada lograron encontrar. Enviaron un mensajero al castillo de Aras y éste se presentó inmediatamente acompañado de sus gentes y todos juntos emprendieron la búsqueda de la doncella por montes y bosques de alrededor, revisaron todas las pallozas y caseríos pero aun así, no consiguieron dar con el paradero de la joven.

Fotografía: Cristina Otero

Pasaron varios días de investigaciones sin descanso pero sin mayores resultados de los que tenían y ya dada definitivamente por perdida, dedujeron que probablemente a Aldara la hubiese matado un jabalí, un oso o tal vez hubiese sido destrozada y comida por los lobos…

Trascurrieron muchos años y ya nadie recordaba a la joven doncella ni el trágico suceso ocurrido excepto su padre y su hermano que todavía la añoraban considerándola muerta. Andaba un día Egas de caza por un bosque pequeño, regresando ya hacia su castillo cuando se sorprendió al contemplar a una hermosa cierva blanca como un campo de nieve, la cual estaba retozando plácidamente. Sin pensárselo dos veces, armó apresuradamente la ballesta y con un disparo certero, la cierva cayó herida de muerte, sobre la hierba.

Todo pasó tan deprisa que no pensó en que estaba solo en el bosque y no podría llevar a pie el trofeo que acababa de conseguir. Entonces, cogió su cuchillo y cortó una de las patas delanteras de la cierva, la guardó en su zurrón y antes de partir, observó detenidamente el lugar donde se hallaba para poder regresar con los criados a recoger y transportar la preciada carga hacia el castillo. Cuando llegó, empezó a relatar lo sucedido a su padre y echando mano a su zurrón, sacó la pata de la cierva.

Pero donde antes había una pata, ahora había una mano. Ambos se quedaron petrificados de horror al ver aquella mano fina, blanca y suave, una mano de doncella que llevaba puesto en uno de sus dedos, un anillo de oro con una piedra amarilla y que ambos reconocieron perfectamente. El anillo de Aldara.

Rápidamente corrieron cabalgando monte arriba hacia el lugar donde Egas había derribado a la cierva y allí tendida en el suelo, encontraron muerta a Aldara con su vestido blanco teñido de sangre en el pecho, el lugar donde se encontraba una gran flecha que atravesó el corazón de la joven a la que le faltaba una mano.

Aldara sin duda alguna había sido encantada bajo la figura de cierva y sólo con la muerte recobró su cuerpo de doncella. ¿Quién la encantó y por qué? Jamás se supo.

Omitiendo las medusas volantes, esta imagen se da un aire al relato

Así es como termina esta leyenda titulada “La doncella cierva”. Esta leyenda, está incluida junto a otras muchas más, en el libro de Leando Carré Alvarellos: “Las leyendas tradicionales gallegas” (Ed. Espasa-Calpe) que recomiendo leer a toda persona interesada en estos temas.

Y después de esta trágica historia, damas y caballeros, levantemos el telón y demos la bienvenida a meigas, lobishomes, hadas, encantos, mouros, trasgos, diablos, almas en pena y alguna que otra sorpresa más…

Aguarden, ya lo verán, porque no hay vuelta atrás, una vez entren a formar parte de este mundo mágico, oscuro y siniestro de España en donde todo es posible.

Sean bienvenidos a Galicia.

Pero no olviden lo más importante…  

En dónde se están adentrando:


En Tierra de Meigas.

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